Dos niveles de percepción
Hay imágenes que entendemos de inmediato y otras que, al mirarlas, sentimos que hay una dimensión que se nos escapa en lo que transmiten. En estas últimas suele haber un símbolo: una forma que, además de mostrarse, sugiere. Vemos “árboles”, “montañas” o “rostros”, y percibimos que ahí hay algo, difícil de nombrar, que está claramente presente.
Un símbolo es una imagen que opera en dos planos a la vez. Por un lado, lo reconocible: aquello que podemos señalar y describir. Por otro, una dimensión más amplia, que se intuye más que se entiende. Esta doble capa convierte a la imagen simbólica en un lenguaje cargado de una profundidad que va más allá de las palabras.
Qué se activa cuando miramos
Cuando alguien se detiene ante uno de mis cuadros, además de identificar figuras humanas, raíces o montañas, suele experimentar alguna emoción. A veces me dicen que sienten calma, vértigo, expansión, o una sensación difícil de explicar. Ahí comienza la dimensión simbólica de la imagen: lo que se pone en movimiento más allá de la forma visible.
La pintura actúa como un puente. Mientras la mente reconoce formas familiares, se abre un espacio silencioso donde aparecen asociaciones, recuerdos, emociones e intuiciones. Esa respuesta varía de una persona a otra y se renueva cada vez. Cada mirada abre un recorrido distinto dentro de una misma obra.
Lenguaje colectivo
Muchas de las formas que aparecen en el arte, como el árbol, la montaña, el agua o la luz, han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. Por eso se repiten en mitologías, sueños, relatos y pinturas. Remiten a experiencias fundamentales: nacer, crecer, perderse, transformarse, despertar.
En este nivel, el símbolo forma parte de una memoria compartida. Gracias a ese fondo común, ciertas imágenes resultan familiares incluso cuando desconocemos su historia o su explicación cultural. Una misma acuarela puede ser reconocida como “árbol”, “paisaje” o “figura que emerge” por personas muy distintas, aunque cada una lo exprese con sus propias palabras.
Lo que se despierta en cada persona
Más allá de lo compartido, cada imagen se encuentra con la vida de quien la contempla. Una misma obra puede despertar serenidad en una persona y inquietud en otra. Hay quien se fija en los rostros que aparecen entre las ramas; otra persona se detiene en el paisaje; otra queda absorbida por el color.
Esa respuesta tiene un carácter profundamente personal. La imagen actúa como un espejo que refleja aspectos internos que empiezan a hacerse más presentes en la conciencia. Lo simbólico surge del encuentro entre la pintura y el observador. Por eso, la relación con una misma obra puede transformarse con el tiempo: la mirada a los veinte años no es la misma que después de una pérdida, una crisis o una gran transformación vital.
Un lenguaje con raíces comunes
La fuerza de una imagen simbólica reside en su capacidad de sostener, al mismo tiempo, lo común y lo íntimo. Comparte formas que muchas personas pueden reconocer, pero permite que cada observador encuentre su propia resonancia. En lugar de cerrarse a una única interpretación o a una lectura personal, abre un espacio donde ambas dimensiones conviven y se enriquecen mutuamente.
Escuchar un símbolo es darle tiempo. Es permanecer ante la imagen sin prisa, dejando que lo que suscita internamente tenga espacio para aparecer. Más que descifrarla, se trata de acompañar lo que despierta. En ese momento, la imagen deja de ser algo externo y se convierte en una experiencia viva, compartida entre el mundo interior de quien mira y una realidad más amplia que nos incluye a todos.