Cada vez que iba al estanque del Retiro con mi cámara de fotos, acababa encontrándome con aquel señor que casi siempre ocupaba el mismo banco.
Unos días leía el periódico con absoluta concentración. Otros permanecía sentado observando el parque, como si el tiempo transcurriera de otra manera junto al agua.
Nunca hablamos. Ni siquiera sé cómo se llamaba.
Un banco, un periódico y una rutina
Con el paso del tiempo dejó de ser un desconocido.
Sin darme cuenta, empecé a buscarle cada vez que llegaba al Retiro. Si estaba allí, todo parecía seguir en su sitio. Era una de esas pequeñas escenas que forman parte de la vida de una ciudad y que casi nadie recuerda cuando piensa en Madrid.
Imagino que viviría cerca del parque. Tenía el privilegio de convertir aquel banco en una extensión de su casa. Mientras muchos atravesaban el Retiro con prisa, él parecía disfrutar de algo mucho más sencillo: leer el periódico al aire libre o contemplar, en silencio, la vida que transcurría a su alrededor.
Nunca buscó llamar la atención.
Precisamente por eso llamó la mía.
Pintar aquello que otros pasan por alto
Siempre he sentido una atracción especial por esos momentos cotidianos que parecen no tener importancia.
No son grandes acontecimientos. No aparecen en las guías de viaje. Sin embargo, cuando desaparecen, comprendemos que también forman parte de la memoria de una ciudad.
Por eso terminé pintándolo en dos ocasiones.
No buscaba hacer el retrato de una persona concreta. Quería conservar una escena que, durante mucho tiempo, formó parte de mis paseos por el Retiro.
En una acuarela aparece concentrado en la lectura de su periódico.
En la otra ya no lee. Simplemente permanece sentado en el mismo banco, mirando a la gente pasar con la tranquilidad de quien no tiene ninguna prisa.
Las dos imágenes hablan de la misma persona, pero también de algo más: de esos pequeños rituales cotidianos que, sin darnos cuenta, acaban formando parte de nuestra propia vida.
El día que volví a encontrarle
Durante el confinamiento pensé muchas veces en él. Mientras el Retiro permanecía cerrado y las calles estaban vacías, me pregunté qué habría sido de aquel señor que leía el periódico en el mismo banco una y otra vez. Nunca había hablado con él. Ni siquiera sabía su nombre. Sin embargo, su ausencia me hizo comprender hasta qué punto había pasado a formar parte de mis paseos por el parque.
Cuando por fin pudimos volver a salir, una de las primeras cosas que hice fue ir al Retiro con mi cámara. Y allí estaba. Sentado en su banco. Con el periódico entre las manos.
Sentí una alegría difícil de explicar. No porque nos conociéramos, sino porque, de alguna manera, aquella escena significaba que la vida también empezaba a recuperar su lugar.
Hace tiempo que ya no le veo. No sé qué habrá sido de él. Pero cada vez que paso junto a ese banco sigo recordando aquella mañana en la que comprendí que hay personas que forman parte de nuestra memoria sin haber intercambiado nunca una sola palabra.
Estas dos acuarelas forman parte de mi serie Retratos y escenas de Madrid en acuarela, una colección de obras inspiradas en los pequeños gestos cotidianos que también construyen la identidad de la ciudad.